Cada persona es única. De igual modo, nuestro estilo personal, también lo es. Si lo aplicamos al arte de la escritura, el estilo de cada autor lo define, lo distingue y lo enmarca en su peculiar manera de escribir, como un escaparate al que el lector pueda meter la nariz, olfatee y sienta si el autor es idóneo para él. (Conexión entre escritor y lector, es fundamental). Esta unión mágica, esta relación, en muchas ocasiones, es para siempre.
Mi estilo personal es algo naíf, como mis pinturas y todas mis creaciones. Reflejo y afronto la realidad con ingenuidad, imaginación, con poesía y simplicidad. Utilizo gran cantidad de metáforas y símiles que me ayudan a dar mayor visibilidad a mis palabras, y lo que significan o trato de explicar. Estos recursos estilísticos, tan característicos en mi estilo personal, son como unas gafas que ofrezco al lector, con el fin de que vea las cosas como las veo yo. Hay amor entre nosotros. Se crea un vínculo del que soy plenamente consciente mientras escribo. Se inicia en el mismo momento de la apertura de una obra, una relación única. Mi mente y tu mente forman una sola. ¿Te lo imaginas? Es un hecho maravilloso y singular. Los ojos del lector, en cierto modo, me acarician cuando leen, los siento, me rozan, me hacen cosquillas y respondo con vehemencia, entregando lo mejor de mí: Palabras llenas de significado, frases ricas, escenarios flotantes, que podrás contemplar con precisión aunque nunca hayas estado antes. Te presto mis ojos, mis vivencias y toda mi imaginación. En una palabra, mis historias son las tuyas. ¡Vamos a compartir!
A continuación, te abro mi escaparate y decides si comenzamos una relación entre autor, lector.
La niña regalada
De la niña decían que traía la melancolía de origen. Hablaban de la tristeza como algo malo, algo que me poseía y qué debían curar. Yo no quería que me separaran de ella, porque la tristeza no me dolía, a mí me gustaba. Ahora sé que esa melancolía era el único lugar donde nosotras podíamos seguir juntas. (Pero eso aún no lo sabía).
A los ocho años mi madre me contó que ellos no eran mis verdaderos padres. Me dijo: «Te hemos adoptado, pero te queremos más, muchísimo más que si fueras hija nuestra». Luego, no sé exactamente que pasó, porque en mi mente hay una profunda laguna. Lo siguiente que recuerdo es buscar entre los papeles de la adopción el nombre de esa señora para salir a buscarla.
Sé que durante mi nacimiento, en ese instante sagrado en que debían colocarme sobre el pecho de mi madre y no lo hicieron, a mí se me rompió el corazón. Y ese rompimiento que causó la fuga de paisajes y sensaciones, pienso que fue lo que dibujó el rostro de esa niña y su expresión: Una tristeza tan marcada, que los demás podían sentir como propia con solo mirarla, y que dolía como el pinchazo de una púa.
Kafka escribió: “Lo principal, cuando una espada atraviesa el alma, es mantener la mirada tranquila, no perder sangre, aceptar la frialdad de la espada con la frialdad de una piedra. Por medio de la puñalada, después de la puñalada, conviértete en invulnerable”.
Del abandono de esa mujer (ocurrido minutos después de dar a luz), me llevé la entereza como rasgo de la personalidad. La entereza de levantarme y seguir andando ante cualquier contratiempo. Porque ser regalada por tu madre a otra mujer, ese hecho, me sirvió para aprender y entender, desde muy pequeña, que madre no siempre es la que pare y que, llevarte en el vientre, no garantiza ni el amor ni el apego.
Después de entender eso a muy temprana edad, nada volvió a ser igual. Perdí parte de mi inocencia cuando me cayó encima de la cabeza un cubo lleno de desprecio, mientras al mismo tiempo, me marcaban la cara a mano abierta, recibiendo la fortísima bofetada del rechazo. Me convertí en una montaña de arena. Podía desmoronarme ante cualquier golpe, pero el viento me traería de vuelta y yo misma me volvería a levantar. Es difícil que sabiendo ser desierto la espada te pueda cortar, se hunde, pero no amputa.
Una vez que caí en la cuenta que ella me había entregado tras mi nacimiento, sin remordimiento ni dolor ni pena, supe que toda búsqueda había acabado; que lo mejor sería lanzarle un beso desde la palma de la mano, mientras dices: “ Adiós mamá, es mejor así, quedar en Paz, sigamos sin conocernos, imaginando cómo sería encontrarnos. Debo guardarte como un relato fantástico, como si te conociera de las páginas de un libro. Pero, sobre todo, debo entenderte de la misma forma que a las estrellas que observo en el firmamento: Las veo, están ahí, pero ya no existen.
«Besos». Serie: El amor no es una utopía. (Dic 23)
Caperucita no quiere ser virgen
Cada mañana tras lavarse los dientes, Molly Barnes, a quien llamaban Caperucita desde pequeña, se untaba los labios con brillo de color rojo aun estando en camisón. Después, cuando sentía su boca encarnada, lisa y brillante como una cereza, seleccionaba uno de los cepillos hacinados en el interior de una vieja caja de galletas y tras sentarse frente al tocador, peinaba su preciosa cabellera dorada. Luego, se ocupaba de elegir la ropa cuidadosamente, sobre todo la única prenda interior que utilizaba, la braga, y escogía entre una pila de zapatos el más idóneo, no a su atuendo, sino a su estado de ánimo. De pie, frente al espejo del vestidor, Caperucita podía contemplarse de cintura para abajo y se gustaba, a veces tanto, que solía masturbarse lentamente imaginando su mano la de un hombre maduro.
Cuentos para no dormir sol@ (Feb 24)
Yo compartí vagón con el diablo
“En la falda de una colosal montaña de los Alpes Suizos, a diez kilómetros del pueblo más cercano y a una hora y media de Ginebra, se encuentra ubicado uno de los centros psiquiátricos más reconocidos de Europa, Marigot. Su apertura data de 1990, una construcción relativamente joven que sorprende y contrasta con la arquitectura típica alpina, formada por cinco edificaciones cúbicas de cemento blanco y cristal, unidas entre sí por sus vértices, que emulan dados lanzados sobre el desnivelado valle. Destacan sus jardines rodeados de bosques: Abetos, píceas, alerces y cedros que como soldados custodian y cierran el perímetro de la finca; y los caminos interiores, deleite de pacientes y visitantes, bordeados de coloridas y variadas flores: Edelweiss, prímulas, gencianas, ranúnculos y campanillas, que como arterias irrigan el corazón níveo de cada uno de sus edificios, contrarrestando su excelsa frialdad. Y, por último, su conocido laberinto, bautizado como, Mezcolanza, obra de un joven paisajista italiano llamado, Piero Ceratti.
Mezcolanza, es una bola vegetal impresionante por su altura y espesura, además de la inquietante estrechez de sus pasillos verdes. Podías asfixiarte con solo mirarlo. Los trabajadores del psiquiátrico lo llamaban de otra forma menos evocadora. Se refieren al laberinto como, La ratonera, y se dice que fue concebido y construido como celda de castigo para los residentes más rebeldes, y no como un espacio de diversión. (Un enigma encierra a menudo otro enigma). Nadie en su sano juicio se adentraría en él sin conocer de antemano la forma de salir de aquel gigantesco útero verde. Mezcolanza o La ratonera, imponía respeto y todos allí se lo profesaban.
Durante los meses de invierno, Marigot, se cubría con una espesa manta de nieve virgen. En incontables ocasiones los visitantes debían dar la vuelta, ya que se hacía imposible llegar por carretera, quedando la clínica totalmente aislada. Por suerte, estábamos en mayo, y el sol, aunque débil, dejaba ir sus tenues rayos de luz sobre el paisaje, que como pinceles empapados en pastillas de acuarelas, inundaban casi todo el valle de suaves dorados y amarillos.
Olivia Dot, era la única persona que visitaba al paciente y preso, Andrea cabello. Cabello era una persona muy peculiar que, a veces, se presentaba ante Olivia como una mujer y, otras, como un hombre. Pero sus transformaciones iban más allá del simple disfraz. Su talento para cambiar su rostro por cualquier otro, con el simple uso del maquillaje, lo hacían único. (Y también imprevisible y muy peligroso). Por ese motivo, Cabello, era el paciente más vigilado de Marigot”.
“Yo compartí vagón con el diablo”, de Lucrezia G. Mameghani. (Abril 24)
Género: Thriller psicológico.
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